Desconfiar de todo, sin perder la fe

No creí que fuera tan grave como dicen, hasta que me sucedió. Fue un domingo en el que decidí quedarme en casa, pues con tanto trabajo entre semana y la imperdible salida con los amigos los viernes, no estaba nada al corriente en los quehaceres domésticos.

Así que aquel día había sido de lo más rutinario; la mañana se me pasó en el súper y el mercado; luego, hubo que hacerse cargo de la ropa sucia y, por último, preparar la comida para la semana.

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Con tanto ajetreo no había tenido tiempo de llamar a mis padres, como habitualmente hago cuando no voy a visitarlos. Pero no vi problema alguno en dejar la llamada para la noche y salir a dar un paseo, para relajarme como es debido, después de un día que, en cierta forma, también fue trabajo.

Parece que ése fue mi gran error, pues en parte contribuyó a incrementar las tensiones generadas por el desagradable acontecimiento que estaba por venir. Apenas me había sentado a tomar un café en mi lugar favorito, después de una buena caminata, cuando se me ocurrió revisar el teléfono. Entonces vi que tenía varias llamadas perdidas de la casa de mis padres. Los audífonos debieron distraerme demasiado, así que no las escuché.

Llamé de inmediato y después de algunos intentos, me respondió una voz que apenas reconocí, por la angustia que había en ella. Se trataba de mi papá, quien me preguntó con desesperación cómo y dónde estaba. Doblemente preocupada, le respondí que todo estaba bien conmigo y le pregunté qué había sucedido en casa.

Sin quedar todavía muy convencido de que yo estaba bien, me platicó de las terribles llamadas que había recibido. Primero, la de una joven afligida, que lo llamaba “papá” y le pedía su ayuda, y luego, la de una voz distorsionada y amenazadora, que correspondía a la del supuesto captor de la chica.

Ya se imaginarán todo lo que entonces pasó por la mente de mi padre y de mi mamá, que corrió junto a él cuando escuchó el miedo en su voz. El delincuente les exigía una suma exorbitante, que fue disminuyendo, al notar que mi padre dudaba y le insistía en volver a hablar con su hija.

Mis padres lucharon con la incertidumbre de si creer o no que se trataba de mí; finalmente, decidieron llamar al número que da la Secretaría de Seguridad para reportar las extorsiones telefónicas. Ahí les indicaron que continuaran en el intento de localizarme. Fue entonces cuando finalmente les llamé.

La verdad es que si bien nada malo había sucedido –yo estaba perfectamente a salvo y mis papás no perdieron un solo centavo– la experiencia nos marcó, y no para bien. Cambiamos la línea telefónica y las de nuestros celulares; borramos fotos y mucha información de nuestras redes sociales y hasta empezamos a buscar agencias de seguridad privada. Nos angustiábamos cada vez que nos llamábamos por teléfono y tardábamos en responder y yo empecé a limitar mis salidas, al punto de que ya sólo iba y venía del trabajo.

En fin, nuestras vidas se ponían de cabeza, mientras que muy probablemente, otras familias empezaban a sufrir algo semejante a causa de los mismos extorsionadores. Decidimos entonces que no podíamos continuar así, prisioneros de aquella pésima experiencia.

Adoptamos ciertas medidas de seguridad, como no dar nuestros datos personales, a menos que sea absolutamente necesario y estando seguros de a quién los proporcionamos. También tratamos de cambiar con frecuencia nuestras rutinas, tomar distintos rumbos para ir y venir, y mantenernos siempre en contacto, pero sin llegar a la obsesión.

Yo retomé mis salidas y paseos, aunque no puedo negar que vivo un poco más pendiente del teléfono. Sí, parece que en esta época es preciso desconfiar de todos; no obstante, tampoco se puede vivir perdiendo por completo la fe.