Educar, ¿para qué?

Fenómenos como la violencia, el crimen organizado y los actos terroristas, provocados por la incapacidad de comprender que en el mundo pueden coexistir distintas ideologías y creencias, deberían ser suficientes para inspirar respuestas a esta pregunta. Es necesario educar para la tolerancia, el respeto y la comprensión del pasado, tanto en sus aciertos como en sus errores.

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Sin embargo, actualmente muchos países viven una gran paradoja en relación con este aspecto, pues si bien es evidente que la educación es clave para sanear la estructura social, también es uno de los sectores en los que menos se invierte y por los que tanto los gobiernos como la comunidad en general muestran menos aprecio.

Cierto es que hay honorables excepciones, pero tal es la realidad que se vive en muchos países, particularmente de Iberoamérica. México es un caso alarmante, pues el desinterés y la indiferencia son las actitudes menos graves que se manifiestan hacia el sector educativo. Todos estamos al tanto de los extremos a los que han llegado las agresiones contra estudiantes y maestros que deciden manifestarse contra las reformas educativas y, sobre todo, contra la falta de apoyo a la educación. Podemos discutir si las protestas deben o no regularse, de qué forma y hasta qué punto, pero lo que no es posible justificar son la violencia, la tortura y la crueldad como medios de control.

También es difícil comprender que se hagan recortes presupuestales a la educación, el desarrollo científico y tecnológico, y las artes, so pretexto de un plan de austeridad; mientras que, por otra parte, hay funcionarios públicos que perciben sueldos de cifras astronómicas, sin trabajar mucho más que un empleado promedio. Las frecuentes marchas organizadas por maestros de toda la república llegan a sacarnos de quicio, con justa razón, y no faltarán personas que se sumen a las protestas por intereses que no tienen que ver con defender la enseñanza. Mas, ¿no es necesario manifestar de alguna forma la inconformidad ante las condiciones precarias en las que viven y laboran muchos profesionales de la educación? ¿No deberían estar ellos entre las figuras más respetadas y admiradas de nuestra sociedad, puesto que tienen en sus manos la formación del intelecto y las virtudes de varias generaciones?

Si todavía no nos resulta obvia la necesidad de atender y reparar nuestro maltrecho sistema educativo, es porque todavía no encontramos una respuesta clara y convincente a la pregunta inicial; educar, ¿para qué? Podría citar a diversos filósofos y pensadores, desde la época clásica, hasta nuestros días, pero ahora vienen a mi mente las palabras del doctor William Soto, “educar para no olvidar”. El activista, humanista y teólogo William Soto Santiago afirma que única forma de lograr objetivos como el cese de la violencia, la estabilidad social y, en suma, la paz, es mediante la educación.

De particular importancia es educar sobre los hechos del pasado, porque al analizar y comprender a fondo las experiencias, tanto positivas como negativas, por las que han pasado nuestros pueblos, es posible aprender de ellas para asimilar los aciertos y superar los errores. Educar para la paz, de acuerdo con Soto Santiago, no sólo implica cultivar virtudes como el respeto y la tolerancia, sino recordar los graves acontecimientos que se desencadenaron cuando la humanidad fue incapaz de practicarlas.

Educar es una gran responsabilidad y es adecuado exigir un óptimo desempeño de los profesionales que se encargan de ello. Pero también es necesario brindarles los recursos y el apoyo que necesitan para llevar a cabo tan importante labor.

Cómo divertirse en Acapulco

Toda la semana pasada la pasé en el puerto de Acapulco, un lugar plagado por las noticias cuyas nota extraen como una ultra aspiradora todos los actos barbáricos que ahí se producen.

Muchas veces, a modo de vender y capturar la atención de miles de lectores, los periodistas en todos los lugares del mundo pueden llegar a exagerar lo que escriben, algo que muchas veces les produce muy buenos resultados cuando están secos de información, ya que un artículo necesita, como todo, substancia para existir, lo que significa que sin substancia (información) no hay artículos y sin artículos no hay periódico; y sin periódico no hay ganancia; ergo, siempre debe de haber substancia.

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Si bien muchos implementan la herramienta de la exageración de vez en cuando, me cuesta decir que en el caso de Acapulco no lo es así, ya que todo lo que se dice en los periódicos sobre la violencia en aquel puerto es completamente cierto.

Esto no es un fenómeno nuevo, sino un proceso que lleva en la cocina por unos siete años, el tiempo que ha tomado para despojar a Acapulco de todos sus laureles de gloria obtenidos en una línea de tiempo de 50 años.

El gran descenso de Acapulco ha sido resultado de las manos negras del crimen organizado, quien opera en el bello puerto de una manera desenfrenada, ya que nada ni nadie puede ya interrumpir las actividades criminales barbáricas que están esculpiendo al nuevo Acapulco.

Yo, como todos, ya sabía de antemano que la violencia ahí está muy fuerte; sin embargo, la playa y el mar del bello puerto sobrepasan todo tipo de obstáculo con su esencia y su belleza, por lo que repentinamente mi familia y yo tomamos unos de los vuelos VivaAerobus con excelente precio, para ir a vacacionar por al menos una semana.

Debo informarles, queridos amigos, que sin exagerar escuchábamos, desde el departamento al menos un convoy de ambulancias y policías cada cinco minutos durante el día, ya que durante la noche era imposible e inútil tratar de contar cuántas de éstas pasaban.

A su vez, debo también mencionarles el hecho de que mi familia y yo no salimos ni un solo día del departamento, ya que es demasiado riesgo para todos, un riesgo que confirmábamos cada cinco minutos con el paso de las ambulancias y policías armados hasta los dientes.

Algo que llamó mucho mi atención es que por primera vez en los muchos años que llevo yendo a Acapulco, vi a dos barcos de guerra hacer patrullajes diarios por toda la costa del bello puerto, lo que nos dice qué tan grave está el asunto del crimen organizado en ese lugar.

No obstante, es posible pasar un buen rato en el puerto, aunque la violencia esté al tope; esto se logra con olvidar la vida nocturna y quedarse en el departamento haciendo un buen uso de la alberca y del mar.

El último día vimos un gran grupo de delfines brincar alegremente en las olas de la playa, algo que plantó una alegría en mi corazón, que durará por mucho tiempo.

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Unión falsa

Estas últimas semanas, al estar examinando algunos documentos y archivos de la Academia Nacional de Medicina, he descubierto o más bien redescubierto la grave situación informativa por la cual pasa la mayor parte de nuestro país, lo que ha tenido efectos desastrosos.

México, desde las épocas virreinales, ha sido un territorio étnicamente dividido de una manera muy brusca, lo que ha causado las fricciones que hoy en día nos están llevando a la ruina como país y sociedad, impidiendo de una manera muy violenta el progreso y la civilización.

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Existen individuos quienes afirman que México es un país muy unido por nuestras tradiciones y por nuestra cultura; sin embargo, estas personas viven en un país que no existe y nunca ha existido.

Existen otras personas quienes afirman que los Mexicanos sólo nos unimos cuando juega la selección Mexicana y existen otro grupo de personas quienes afirman que esto es cierto, siempre y cuando el equipo Mexicano tenga buenos resultados.

Hemos de saber que una sociedad que se une y se desune dependiendo del curso que tome un balón de futbol es una sociedad que se encuentra muy, pero muy detrás de los estándares de una civilización capaz de mantener el ritmo necesario para competir con un mundo que avanza a pasos gigantes.

A su vez estas doctrinas ignoran el hecho de que existen muchísimos mexicanos quienes no se consideran como una parte de este país y quienes además recienten el hecho de ser parte de una nación que les ha oprimido severamente desde el nacimiento de este país.

Este grupo de personas e individuos no tienen ningún interés y muchas veces ni siquiera conocimiento de la selección Mexicana ni del futbol en general, ya que su lengua es otra y su interés primordial es sobrevivir.

Este grupo de personas son los integrantes de los pueblos indígenas, un grupo de pequeñas naciones cuya lengua, usos y costumbres no tienen nada que ver con México como lo conocemos muchos de los mexicanos y el mundo.

Esta identidad natural de los pueblos indígenas les ha impedido de una manera muy fuerte el conseguir la integración social necesaria para conseguir una identidad nacional, lo que les ha causado enormes problemas de supervivencia, tanto culturalmente como físicamente.

Esta falta de integración al sistema sociopolítico-cultural mexicano les ha hecho la vida imposible a los pueblos indígenas y les ha traído una nube obscura, de la cual no se han podido deshacer ni ellos ni sus descendientes.

Este es un problema que les ha causado hasta una importante falta de evolución física, que a su vez se refleja en su desempeño intelectual.

Con esto me refiero a un fenómeno que está aplastando a las comunidades indígenas, que consiste en una malformación de la masa cerebral, que les reduce sus capacidades naturales de una manera bastante considerable.

Este fenómeno es causado por la falta de alimentación y de nutrientes absorbidos por los individuos en los primeros cinco años de vida, un periodo fundamental en la formación de los seres humanos.

Desconfiar de todo, sin perder la fe

No creí que fuera tan grave como dicen, hasta que me sucedió. Fue un domingo en el que decidí quedarme en casa, pues con tanto trabajo entre semana y la imperdible salida con los amigos los viernes, no estaba nada al corriente en los quehaceres domésticos.

Así que aquel día había sido de lo más rutinario; la mañana se me pasó en el súper y el mercado; luego, hubo que hacerse cargo de la ropa sucia y, por último, preparar la comida para la semana.

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Con tanto ajetreo no había tenido tiempo de llamar a mis padres, como habitualmente hago cuando no voy a visitarlos. Pero no vi problema alguno en dejar la llamada para la noche y salir a dar un paseo, para relajarme como es debido, después de un día que, en cierta forma, también fue trabajo.

Parece que ése fue mi gran error, pues en parte contribuyó a incrementar las tensiones generadas por el desagradable acontecimiento que estaba por venir. Apenas me había sentado a tomar un café en mi lugar favorito, después de una buena caminata, cuando se me ocurrió revisar el teléfono. Entonces vi que tenía varias llamadas perdidas de la casa de mis padres. Los audífonos debieron distraerme demasiado, así que no las escuché.

Llamé de inmediato y después de algunos intentos, me respondió una voz que apenas reconocí, por la angustia que había en ella. Se trataba de mi papá, quien me preguntó con desesperación cómo y dónde estaba. Doblemente preocupada, le respondí que todo estaba bien conmigo y le pregunté qué había sucedido en casa.

Sin quedar todavía muy convencido de que yo estaba bien, me platicó de las terribles llamadas que había recibido. Primero, la de una joven afligida, que lo llamaba “papá” y le pedía su ayuda, y luego, la de una voz distorsionada y amenazadora, que correspondía a la del supuesto captor de la chica.

Ya se imaginarán todo lo que entonces pasó por la mente de mi padre y de mi mamá, que corrió junto a él cuando escuchó el miedo en su voz. El delincuente les exigía una suma exorbitante, que fue disminuyendo, al notar que mi padre dudaba y le insistía en volver a hablar con su hija.

Mis padres lucharon con la incertidumbre de si creer o no que se trataba de mí; finalmente, decidieron llamar al número que da la Secretaría de Seguridad para reportar las extorsiones telefónicas. Ahí les indicaron que continuaran en el intento de localizarme. Fue entonces cuando finalmente les llamé.

La verdad es que si bien nada malo había sucedido –yo estaba perfectamente a salvo y mis papás no perdieron un solo centavo– la experiencia nos marcó, y no para bien. Cambiamos la línea telefónica y las de nuestros celulares; borramos fotos y mucha información de nuestras redes sociales y hasta empezamos a buscar agencias de seguridad privada. Nos angustiábamos cada vez que nos llamábamos por teléfono y tardábamos en responder y yo empecé a limitar mis salidas, al punto de que ya sólo iba y venía del trabajo.

En fin, nuestras vidas se ponían de cabeza, mientras que muy probablemente, otras familias empezaban a sufrir algo semejante a causa de los mismos extorsionadores. Decidimos entonces que no podíamos continuar así, prisioneros de aquella pésima experiencia.

Adoptamos ciertas medidas de seguridad, como no dar nuestros datos personales, a menos que sea absolutamente necesario y estando seguros de a quién los proporcionamos. También tratamos de cambiar con frecuencia nuestras rutinas, tomar distintos rumbos para ir y venir, y mantenernos siempre en contacto, pero sin llegar a la obsesión.

Yo retomé mis salidas y paseos, aunque no puedo negar que vivo un poco más pendiente del teléfono. Sí, parece que en esta época es preciso desconfiar de todos; no obstante, tampoco se puede vivir perdiendo por completo la fe.

El hoy en día de México

En este momento me encuentro en uno de los hoteles cerca del aeropuerto D.F.,  o Benito Juárez (disculpe, pero no me acostumbro a decirle así). Estos hoteles son una verdadera maravilla para aquellos que viajan mucho y con tiempo limitado, ya que de aquí nunca llegará tarde al aeropuerto.

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Mi vuelo a Nueva York sale hasta la tarde del día de hoy, por lo que pasaré un par de horas más en este cómodo lugar.

Al despertar el día de hoy, con una buena taza de café, leí en las noticias varios artículos relacionados con Guerrero.

Debo decir que es una verdadera pena y una profunda lástima el ver como aquel estado, con tanta belleza natural, se está incendiando a manos de su propia gente, cuya violencia es desmesurada y escalofriante.

La situación en nuestro país ha llegado a tal grado que hace no más de un mes el Papa desde Roma pidió al mundo entero que rezaran por México, debido a la violencia  genocida que se vive en el país.

La violencia en México ha llegado a niveles astronómicos y hoy en día, esta nación ya está en parámetros comparables con la terrorífica guerra de Bosnia.

El decir esto no es poca cosa, ya que aquel conflicto en los Balcanes llegó a testificar crímenes contra la humanidad de carácter escalofriante, como lo es poner perros muertos dentro del estómago de mujeres embarazadas.

La violencia en México, particularmente en Guerrero, ha llegado a los niveles ya mencionados.

Esta mañana fueron encontrados los restos desmembrados de un joven a las orillas de un jardín de niños, algo que me parece completamente repugnante en el sentido de la manera de afectar a la inocencia de los pequeños.

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Lo peor es que el estado Guerrero no es el único que presenta este tipo de crímenes contra la humanidad, sino que ya casi todos los estados de la república presentan crímenes de esta naturaleza.

Nunca se me olvidara un día, cuando yo era mucho más joven, que presencié un cuerpo desmembrado y despellejado, colgado de uno de los puentes cercanos al fraccionamiento de Los Tabachines, en Cuernavaca.

A su vez, hace unos cinco años mi hermano pequeño encontró una cabeza humana cerca de su escuela, lo que significa que estos crímenes no son de ninguna manera nuevos.

Debido a los crímenes de esta índole, la mente de los pequeñines  se está ensuciando cada vez más y lo que es aún peor, se están acostumbrando a los asesinatos caníbales que suceden todos los días a lo largo y ancho del país.

Hace poco, un par de reporteros hicieron una visita a una escuela primaria para preguntar a qué se querían dedicar los pequeñitos cuando sean grandes; la respuesta mayoritaria por parte del sexo masculino fue nada menos y nada más que narcotraficante.

No olvidemos que los niños son el futuro de un país y si estos se arruinan, entonces el país no tendrá ningún futuro.

Es hora de irme al aeropuerto. ¡Buenos días a todos!

Un verano que haga la diferencia

Según datos recabados por la Secretaría de Turismo, los destinos preferidos por los mexicanos para vacacionar son las playas, especialmente las de Cancún y Acapulco.

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Le siguen las ciudades coloniales, los Pueblos Mágicos y los destinos para practicar deportes extremos y turismo de aventura. Esto en lo que corresponde al ámbito nacional.

Para quienes prefieren viajar al extranjero, los lugares más atractivos son ciudades norteamericanas, como Las Vegas y Nueva York. Quienes ponen la mira en Europa, eligen países como Francia, Inglaterra o Alemania.

Todas estas son excelentes opciones para disfrutar del verano. Sin embargo, las alternativas no faltan para quienes desean quedarse a disfrutar su ciudad.

En la capital del país, los museos y centros culturales se ponen de manteles largos para recibir a niños y jóvenes, quienes sin duda son los principales agasajados en el verano.

No obstante, todos podrán pasar un día excelente, recorriendo espacios como en Munal, el Museo Nacional de Antropología e Historia o el Museo Mural Diego Rivera. Y para los amantes del cine, que buscan alternativas a la cartelera comercial, en la Cineteca Nacional y las salas del Centro Cultural Universitario siempre hay algo interesante para ver.

Un verano de la mano de la cultura siempre hace la diferencia.